La muerte en Educación

De aquí a cien años todos calvos

Refranero popular

Lo más cerca que he estado de la muerte fue un día de invierno en la habitación de un hospital, después de una tarde tranquila con mi abuelo convaleciente.

Trajeron la cena: una sopa, un yogur, un mendrugo de pan y algo para beber. Mi abuelo Rafael estaba postrado en la cama, hacía poco había tenido un ictus. Los últimos meses había perdido un poco la orientación, principio de demencia a todas luces. Como en un requiebro del destino, él que me daba biberones cuando venía del sur al norte a visitarme, sorbía cucharada a cucharada aquella sopa que nos llevaba a la clausura del día en el que había empezado a sonreír después de varias semanas. En medio de la cena a mi abuelo le dio otro ictus, este definitivo. Mi tío Antonio apretó la perilla solicitando la intervención del personal sanitario, llegaron y nos echaron de la habitación. Desde el pasillo vimos como entraban corriendo muchas personas, incluso una llevaba un aparato de esos de descarga eléctrica. Todo era frenético hasta un momento en el que poco a poco salieron con una suavidad pasmosa todas y cada una de las personas que habían entrado. No vi lo obvio, no pensé que mi abuelo había muerto, nos llevaron a un despacho. Allí un médico joven y cercano nos dio la noticia, que aún siendo evidente, nosotros no acabábamos de intuir. No volví a ver a mi abuelo, por aquel entonces no soportaba ver cuerpos yacentes, hasta quince años después. Murió mi abuela Pastora y descansaría con su marido. No es cierto eso que de aquí a cien años todos calvos, mi abuelo cuando abrieron el ataúd no estaba calvo. Ese momento, el de ver como sacaban el cuerpo de mi abuelo hueso a hueso del nicho ha sido el culmen de mi proceso de aceptación de la muerte. Aquel instante compartido con mi padre y de nuevo con mi tío Antonio, fue para mí clarificador: la idea de la muerte no me afectaba, controlaba los pensamientos derrotistas, era capaz de asumir mi propia muerte. Mi abuelo en un apéndice vital de década y media añadida me daba otra lección, me ayudaba con la contemplación de su muerte física a aceptar mi obsolescencia programada. No se puede llegar a la cúspide de la aceptación de la muerte cuando tienes cuarenta años, como ha sido mi caso. Llegar a entender la muerte debe empezar en la infancia. 

Hoy mi hijo se ha levantado tosiendo, sin fiebre, con malestar. “Estoy malito aita (papá)”, lo he llevado al pediatra. Inusualmente (o no) me han dado cita quince minutos después de solicitarla por teléfono. Hemos llegado, lo han oscultado, puesto el termómetro y la pediatra ha dicho “no tiene nada, un poco inflamadas la amígdalas pero puede ir al colegio. Si tiene molestias le dais Dalsy”. Camino al colegio, como si lo vivido en el ambulatorio hubiese sino trascendental:

  • ¿Tú te vas a morir cuando seas mayor, aita? – me pregunta mi hijo.
  • Sí, claro. Todo el mundo se muere alguna vez.
  • ¿Y yo?
  • Tú también hijo, que sea dentro de mucho tiempo.

No debemos mentirles, menos aún en asuntos tan importantes como la muerte. Nuestros pequeños ya no escuchan campanas a muerto, ni ven como se agolpan en la puerta del vecino gente que lo va a velar. Nuestra muerte se elabora en polígonos industriales o en la periferia, en la que aun pudiendo pocas personas se quedan a pasar la noche junto al muerto. Pocos niños o niñas se ven en los tanatorios ¿Por qué les escondemos una parte tan importante para comprender la vida como es la muerte? De todo ello charlé con Naroa Martínez .

Aseguró que tratamos la muerte como un tabú, hasta que no la tenemos encima no la abordamos, quizá con nuestros pequeños deberíamos tratar el tema antes de que llegue una situación que nos obligue hacerlo, al más puro estilo preventivo.

En ocasiones para los niños la muerte se convierte en un tema recurrente, piden respuestas debemos estar preparados para dárselas.

Debemos ser conscientes de que hemos apartado la muerte, no solo de nuestras ciudades, sino de nuestras propias casas. Cuando usamos eufemismos como “solo los mayores se mueren”, no es verdad, estamos mintiendo.

Naroa no descarta la posibilidad de llevarlos al tanatorio, explicando lo que allí van a ver: gente llorando, capilla ardiente… Una explicación de antemano que sirva entender la situación, incluso que puedan elegir.

Hemos convertido la muerte en un tabú porque estamos acostumbrados e idolatramos la cultura del éxito, no se puede fracasar y la muerte es el mayor fracaso.

Cuando una persona tiene una mascota y esta muere es un buen momento para abordar el tema de la muerte, aunque no es lo mismo el vínculo generado con un pez que con un perro ambas situaciones nos pueden servir de excusa para tratar el tema.

Como recurso en el aula se puede utilizar el arte como canal para elaborar la muerte, se utiliza el dibujo, suelen salir colores intensos, nada de blanco y negro. Generamos así vías de expresión: pintura, manualidades… Naroa desarrolló una unidad didáctica puesta en práctica con menores de 4 años, dándose la circunstancia de que la expresión ante la idea de la muerte fue muy colorida.

Existe una amplia gama de libros y películas que abordan el tema, por ejemplo Up o Buscando a Nemo.

Culturalmente hemos ido perdido la oportunidad que ciertas tradiciones nos brindaban. Halloween es una fiesta de la muerte a la que hemos vaciado su contenido, la hemos reducido a una fiesta de disfraces, antes del día de las ánimas o difuntos. Naroa nos insta a hacer un recorrido necesario con la muerte: debemos tener ganas de superar el tabú de la muerte como superamos el de la sexualidad. 

Hace unos años murió mi tío Juan, lo hizo en casa como su hermana Pastora, mi abuela. En su habitación, su cuerpo inerte yacía en su cama. Parecía dormido. Allí la nieta de la mujer boliviana que hasta entonces lo había cuidado, lo miraba, acariciaba y atusaba el pelo. Se acercaba a él sin reparos, sin tabús, sin restricciones morales. La muerte tiene un componente cultural intenso, hoy por hoy nuestra cultura occidental nos está alejando de estrategias que pueden ser muy útiles para la elaboración del duelo, es el momento de recuperar lo perdido.

  
(Capítulo 12 del libro Aprende y disfruta publicado en 2019 por la editorial libros.com)

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