Ser padre de un adolescente

“Cuando tuve a Guiller en brazos por primera vez lo entendí todo”

Pedro María Sánchez
Trabajador social

De mis cuatro décadas de existencia las tres primeras las he pasado en el País Vasco y esta última en Andalucía. Estos diez últimos años me han aportado muchas cuestiones a nivel personal y cultural, una de ellas es que, en parte, ha cambiado para mí el concepto de amistad. Aquí en Andalucía la amistad tiene mayor amplitud, es menos restrictiva que en el País Vasco. Nunca antes se me hubiese ocurrido considerar amigo a una persona con la que he tomado un café y me ha unido un proyecto común limitado en el tiempo, como es el caso de Ángel. Para mí Pedro María Sánchez (prologuista de este libro) y Ángel Estalayo son mis amigos. 

En agosto de 2016 ni Ángel, ni Pedro, ni yo mismo sabíamos que era ser padre de un adolescente. Entonces conversé con Pedro. Su hijo Guillermo se acercaba a la adolescencia a pasos agigantados. Pedro olía por aquel entonces la adolescencia. Ahora la saborea. 

Ángel Estalayo, con quien conversé en junio de 2018, y un servidor somos padres de criaturas más pequeñas a las que aún les queda transitar procelosas etapas evolutivas antes de llegar a la pubertad. Empecemos por ahí, por diferenciar los términos pubertad y adolescencia.

Pubertad: hace referencia a los cambios corporales en la maduración sexual.

Adolescencia: debemos entenderla desde un amplio contexto de lo histórico, político, cultural, religioso, económico y étnico, como un proceso complejo y trascendente, que constituye un periodo de vulnerabilidad. En este caso supone cambios psicosociales y culturales.

La base de la adolescencia está en la infancia. No podemos tener conversaciones fluidas con nuestro hijo en la esta época convulsa si no las hemos tenido antes. Pedro comenta que si durante la infancia ha habido cariño y la comunicación ha sido respetuosa, difícilmente encontraremos aristas en la forma de relacionarnos posteriormente, más allá de las consabidas actitudes encaminadas a diferenciarse y adoptar independencia. Ángel remarca que también es necesario acotar un espacio, marcado por unos límites que permitan desarrollar un carácter sólido. Sin límite no hay crecimiento. Firmeza y cercanía serían los dos ingredientes necesarios en este periodo evolutivo. 

Cuando uno adquiere la condición de padre (obviamente equiparable a madre) el mundo, la percepción, cambia. Pedro trabaja como trabajador social en el municipio vizcaíno de Ermua, entiende que hubo un antes y un después del nacimiento de su hijo, como lo refleja la cita destacada en este capítulo. Cuando abordaba cuestiones relativas a custodia o infancia, la distancia que anteriormente existía se disipaba. En la misma línea, personas que han trabajado con adolescentes, como es el caso de Ángel, tendrán un bagaje útil en su papel, pero a nivel profesional ser padre de un adolescente le permitirá comprender mejor las vivencias de los familiares de los jóvenes con los que se interviene, de nuevo la distancia se acorta. 

Pedro y Guillermo tenían un podcast (Guiller y yo) en el que conversaban sobre cuestiones relativas a lo cotidiano, las conversaciones cada vez eran menos fluidas, los monosílabos se hacían presentes en las respuestas de Guiller. La necesidad de diferenciarse de su padre y romper con su infancia hizo que el podcast se aparcase por un tiempo. Recomiendo escuchar esas interesantes conversaciones de padre e hijo que la adolescencia truncó, quién sabe si en el futuro retomen la actividad podcastera.

Ángel coincidió con Pedro en que lo primero es la relación. El adolescente afronta una serie de tareas complicadas, un ejercicio de proyección hacia la adultez. Depende mucho de cómo se sientan recogidos, simples detalles como la mirada pueden marcar una relación idónea. Para encontrar esa idoneidad hemos de acometer esas tareas con paciencia y de la mejor manera posible. Mirar a los ojos, es algo más que fijar la mirada, supone situarse en una perspectiva de encontrar en ese momento lo que cada persona tiene de única, de tomarse el tiempo de no juzgar, de no interpretar y querer destinar un tiempo a la relación o vínculo. 

Por otra parte, no necesariamente el adolescente que más grita es quien más necesita, será el más visto; pero hay adolescentes que en su silencio están diciendo mucho. Los que no gritan sufren a veces tanto o más, dándose la circunstancia de que no conseguimos verlos.

El sentido del humor en la vida es fundamental, el uso del mismo genera una distensión del  canal de comunicación. Si manejamos el humor, sabiendo reírnos de nosotros mismos transmitiremos una actitud en nuestra vida de que todo es susceptible de ser visto desde más de un prisma, parándonos en que todos tenemos dificultades y podemos superarlas. 

Cuando convivimos con adolescentes tenemos una autoridad que no nos viene dada por el simple hecho de ser adultos, debemos ganar, conquistar, negociar, reclamar dicha autoridad acompañándola de respeto y equidad. En el mundo de la empresa estaría cercano al concepto care leadership.

Los chavales distinguen muy bien a quién le otorgan la autoridad, siendo estas: aquellas personas que hacen lo que dicen; que utilizan su poder de una manera justa; los que no abusan; personas con ciertas características personales que podrían orbitar en torno al valor del carisma; que acompañan de respeto y reclaman la atención de otros. 

Una autoridad, confiable. 

La adolescencia es como un delta de un río en el que se mezclan agua dulce y agua salada, un momento de nuestra vida en el que ni somos río (niños) ni mar (adultos). Las dos partes coexisten, en una suerte de choque que concluirá en la construcción de un bloque único. Esa confusión que el adolescente tiene se nos traslada, sentimos la misma confusión. Nos toca recogerla, reconocerla y actuar en consecuencia.

La confianza permite que la relación se mantenga, el miedo atenaza desde una perspectiva de adulto que ve la figura del adolescente ante la complejidad del mundo, pero más que hablar sobre la confianza debemos preguntarnos si hemos sido capaces de crear un espacio en ese mundo en el que progresivamente los vamos depositando, ellos saben que seguimos estando ahí disponibles para las cosas que surjan. La base de una confianza epistémica, saben que lo que les transmitimos les puede ser válido, que tenemos un discurso que puede ser un testimonio a utilizar en su mundo, pero que no es una gran verdad. Nuestra tarea pasa por saber aguantar la ansiedad que nos generan ciertas cosas, con la certeza de que nuestros hijos saben que estamos ahí, que se fían de lo que les podemos aportar y que sabemos que lo transmitido lo van a saber utilizar cuando tengan dificultades. 

La coherencia es determinante.

Los adolescentes vemos que quieren ser tratados como adultos cuando se comportan como niños. Debemos admitir esa ambivalencia, ser equilibrados acogiendo las dos partes con un aspecto clave que nos puede dar muchas respuestas, recordar nuestras propias adolescencias. Me quedo con la frase que escuché a un ponente en una formación: “De la endeble parcela de la adolescencia y juventud no exijas frutos de adultez y madurez”.

(Capítulo 2 del libro Aprende y disfruta publicado en 2019 por la editorial libros.com)

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